Anoche, durante la Eucaristía de la Navidad, contemplamos toda la ternura que significó el nacimiento de Jesús: el viaje forzado desde Nazaret hasta Belén para obedecer al capricho del emperador romano; la humildad de su nacimiento en un pesebre al no encontrar sitio en la posada; el mensaje alegre del ángel a los pastores y el encuentro con un niño recién nacido, envuelto en pañales y recostado en una pesebrera.
Esta es la contemplación que podemos ver y celebrar todos nosotros desde nuestra experiencia y nuestra mirada humana: pobreza, humildad, debilidad, marginación, pero al mismo tiempo, calor humano, encuentro, gozo, alegría, canto, celebración. Como proclamaba anoche tan hermosamente la primera lectura: “El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz. Tú has multiplicado la alegría, has hecho crecer el gozo… porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”.
Hoy la liturgia nos invita a contemplar lo mismo, pero desde otro ángulo, desde los ojos de Dios, desde su plan eterno. El evangelio de hoy comienza diciendo: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios”, y poco más adelante nos afirma con una singular belleza: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad”
El Papa Francisco, reflexionando sobre este texto nos decía:
“Se hizo carne. ¿Por qué San Juan usa esa expresión, carne? ¿No podía haber dicho de una manera más elegante que se hizo hombre? Pues no. Usa la palabra carne porque indica nuestra condición humana en toda su debilidad, en toda su fragilidad. Nos dice que Dios se hizo fragilidad para tocar nuestras fragilidades”. Y añade más adelante: “la decisión de Dios es audaz: se hizo carne precisamente allí, donde nosotros tantas veces nos avergonzamos; entra en nuestra vergüenza para hacerse hermano nuestro, para compartir el camino de la vida”.
Pero el Evangelio de hoy nos presenta otra realidad que no podemos dejar pasar por alto.
Dice: “La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa y los suyos no lo recibieron”.
Es bueno recordar que los Evangelios fueron escritos después de la muerte y resurrección del Señor, y este himno con el que comienza el Evangelio de San Juan tiene en cuenta todo el misterio de la encarnación, desde que el Hijo eterno de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros, hasta el momento en que, tras su muerte y sepultura, vuelve al Padre. Por eso el énfasis en recordar que él vino a su casa y fue rechazado por los suyos, pero acompañado también de la buena nueva de que “a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.
Y más tarde, en su Evangelio nos dirá Juan: “Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su querido Hijo para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.
Recordemos, por último, que el Hijo de Dios sigue encarnado en esta humanidad débil y pecadora, puso su morada entre nosotros y su decisión es inquebrantable porque su amor es irrevocable. Pero en nosotros está la decisión de acogerlo o de rechazarlo. En muchas ocasiones su presencia puede incomodarnos porque ilumina nuestras incoherencias, nuestras hipocresías, nuestras mediocridades y cuestiona nuestros proyectos egoístas y codiciosos; nos hace evidente aquello que nos avergüenza; pero no para condenarnos sino para abrazarnos.
Y la forma de acogerlo a él es acogiendo su Palabra, a pesar de nuestras deficiencias, amarnos los unos a los otros con el mismo amor con que él nos ha amado, pasar la vida haciendo el bien y dando frutos de buenas obras. Con una vida vivida así en la unidad de espíritu entre los hermanos, damos testimonio de Jesús ante el mundo y estaremos siendo buena noticia y fuente de alegría para que el mundo crea, como escuchamos en la primera lectura:
“Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena nueva y que pregona la paz”.
Que en esta Navidad estrechemos nuestra mano, y que en lo más frágil y débil de nuestras vidas descubramos la presencia del Hijo de Dios que sigue encarnado entre nosotros y conduciéndonos a la perfección en el Amor.

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