Homilía: 2026 01 18 LUZ DE LAS NACIONES
La Iglesia, particularmente a partir de los últimos siglos, se miraba a sí misma como la “sociedad perfecta”; una asociación totalmente estructurada como un ente autónomo, con su propia finalidad, su Credo cuidadosamente definido y expresado en los artículos de la fe, con una legislación bien codificada en el Código de Derecho Canónico, con catedrales, basílicas, palacios, templos, capillas y santuarios, con fiestas y solemnidades; con una jerarquía vertical claramente definida desde el Papa, el Colegio Episcopal con arzobispos y obispos, y estos, a su vez, con su cuerpo de Presbíteros y Diáconos, conformando el Clero, con la autoridad distribuida entre ellos de forma precisa e inequívoca y con un pueblo de fieles obedientes bien definido y censado en los despachos parroquiales a partir del Bautismo, a quienes se les explicaba desde temprana edad con la Catequesis cuáles eran sus obligaciones, deberes y derechos, y lo que les estaba prohibido; con la obligación primordial de participar en las asambleas semanales, la Eucaristía, y en los sacramentos y ritos litúrgicos, bien precisos todos ellos, y con la obligación también de confesar sus pecados; así, la Iglesia funcionaba y controlaba a sus miembros independientemente de cualquier Estado laical, sometida exclusivamente a la autoridad divina y a la jerarquía eclesial.
Pero, a partir del Concilio Vaticano II, esta imagen de “sociedad perfecta” fue cediendo el paso a otras imágenes más acordes al Evangelio. La Iglesia comenzó a identificarse cada vez más como Pueblo de Dios, como Cuerpo de Cristo, como Templo del Espíritu Santo, como una comunidad de Fe, Esperanza y Amor, un Signo, un Sacramento de Salvación y, en definitiva, como la Asamblea Misionera de Discípulos con el encargo de anunciar el evangelio de Jesucristo a todas las naciones y convocar y reunir a toda la humanidad como Familia de Dios en torno Cristo quien, por amor al Padre y a todos nosotros, asumió nuestra carne y nuestra historia humana y voluntariamente se ofreció a sí mismo para la salvación del mundo.
No es, pues, el objetivo de la Iglesia alimentarse a sí misma para sostener sus estructuras jurídicas, jerárquicas y/o funcionales; es un error tratar de recuperar con añoranza la grandeza pasada de la Iglesia reafirmándonos en aquello que está desapareciendo: sacralizar el pasado, las instituciones, leyes y costumbres; no es tampoco el empeño por recuperar el liderazgo del clero. Es hora de asumir la misión con la misma humildad y entrega que reconocemos en Jesucristo. Desposeernos a nosotros mismos para que el Señor pueda contar con nosotros y para que el mundo con Él y con la Iglesia renovada tenga vida en abundancia.
Y aquí está el corazón de nuestro ser como Iglesia.
El Señor nos ha convocado como Iglesia para que nosotros, unidos como familia en el amor de Dios, aprendamos a vivir como hermanos y unamos nuestras fuerzas, nuestros talentos y también nuestras fragilidades y demos el testimonio de que el amor gratuito de Dios transforma el corazón humano y es capaz de transformar plenamente la historia humana.
El Papa Francisco, hace 3 años, en un domingo como hoy decía
El Bautista no puede frenar el urgente deseo de dar testimonio de Jesús y declara: «Y yo lo he visto y doy testimonio» (v. 34). Juan vio algo impactante, es decir, al Hijo amado de Dios en solidaridad con los pecadores; y el Espíritu Santo le hizo comprender la novedad inaudita, un verdadero cambio de rumbo. De hecho, mientras que en todas las religiones es el hombre quien ofrece y sacrifica algo para Dios, en el caso de Jesús es Dios quien ofrece a su Hijo para la salvación de la humanidad. Juan manifiesta su asombro y su consentimiento ante esta novedad traída por Jesús, a través de una expresión significativa que repetimos cada día en la misa: «¡He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (v. 29). El testimonio de Juan el Bautista nos invita a empezar una y otra vez en nuestro camino de fe: empezar de nuevo desde Jesucristo, el Cordero lleno de misericordia que el Padre ha dado por nosotros. Sorprendámonos una vez más por la elección de Dios de estar de nuestro lado, de solidarizarse con nosotros los pecadores, y de salvar al mundo del mal haciéndose cargo de él totalmente. Aprendamos de Juan el Bautista a no dar por sentado que ya conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de Él (cf. v. 31). No es así.
Y recordemos lo que nos decía el Profeta Isaías:
Isaías: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”.
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