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"LOS HUMILDES DE LA TIERRA"

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

...

De la humildad brota la santidad

  

  

  

  

 Domingo Primero de Noviembre, TODOS LOS SANTOS: Mateo 5, 1-12a 

 

REFLEXIÓN PREVIA  


Los santos son humanos: sufren, lloran, y mueren a las más desconocidos, heridos, ultrajados, olvidados. Lo santo huele a cruz, a lid, a hoguera, a sorna, a maldecido.  Los santos son así: ¡Benditos sean!  HOMILÍA  A quién no le gusta ver a sus hijos o a los hijos de sus amigos “triunfar en la vida”. Pero ¿qué significa para nosotros ‘triunfar’?   


Les confieso que a mí me gusta ver programas como “La voz kids” porque se encuentra uno con niños y adolescentes de gran talento y con un grupo de maestros y jueces muy profesionales en el arte de formar y desarrollar esos talentos; pero me duele, al mismo tiempo, el desarrollo en los niños del orgullo, el narcisismo y la vanagloria. Muchos de ellos se sueñan con verse en grandes escenarios, rodeados de multitudes y aplaudidos por ser los mejores; y percibe uno que, de alguna manera, les enseñan a ser envidiosos e hipócritas. Alaban protocolariamente los talentos de los otros, pero con un deseo escondido de que fallen y los ‘eliminen’ para que les quede a ellos el camino abierto a su triunfo personal.  


Y un fenómeno similar, con todas las diferencias del caso, se ve en el mundo de los deportes. Grandes estrellas, técnicos fabulosos, gran trabajo de equipo; pero, qué forma de maltratar a los adversarios. El amor al aplauso y al dinero hace que muchos en el arte o los deportes se deshumanicen, destruyan la vida de otras personas y sus vidas terminan siendo un doloroso fracaso personal. 


Y cosa similar ocurre en el mundo del trabajo, en la política, en el amor y en todas las dimensiones de la vida.  ‘No busquen ustedes los primeros puestos’, nos decía el Señor en el Evangelio que escuchamos ayer sábado.  


Hoy celebra la Iglesia la ‘Fiesta de Todos los Santos’ y las lecturas que escuchamos nos centran en lo fundamental:   Jesús está contemplando a una gran multitud de personas que lo han venido a ver, gente de muchos pueblos y culturas y con condiciones de vida muy diversas, y sube entonces a un monte y lo acompaña un reducido grupo de discípulos; toman distancia de la multitud para poder verlos mejor en su conjunto e instruye a sus discípulos diciéndoles: Allí, entre toda esa multitud, hay muchos que tienen espíritu de pobres, que son limpios de corazón, que aprenden el valor de la vida desde el sufrimiento, que despiertan y alimentan el hambre y la sed de justicia y se tornan misericordiosos, pacificadores y comprometidos con la defensa de los débiles, de la tierra, la justicia y la verdad; y muchos, por ese motivo, están siendo perseguidos. Ustedes, que me conocen y me acompañan tienen una misión: Hacer de todos ellos un pueblo esperanzado y bienaventurado; mostrarles con sus palabras, su forma de vivir y con su propia entrega y disposición al sacrificio, que yo estoy reinando en medio de ellos; que sus anhelos se verán colmados a plenitud: que de ellos es el reino de los cielos, que heredarán la tierra, que conseguirán plenamente esa paz que sueñan, que en sus flaquezas obtendrán misericordia y que, por siempre, por toda la eternidad, podrán contemplar gozosos el rostro amoroso de Dios.  


Esto mismo nos dice el apóstol San Juan en la segunda lectura que escuchamos hace un momento: ‘Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues, ¡lo somos! Ahora somos ‘hijos de Dios’, y aún no se ha manifestado lo que seremos, y sabemos que cuando Él se manifieste seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es’.  


Y en la primera lectura, tomada del Apocalipsis, se nos revela la razón última de nuestra esperanza: De una forma poética y hermosa, San Juan, prisionero por el reino en una pequeña isla, contempla la historia desde la eternidad, con los ojos de Dios, y nos señala el triunfo definitivo del amor de Dios sobre el pecado humano: La vida eterna será una gran celebración; todo el pueblo de Dios, representado por 144.000 discípulos misioneros y una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, estarán de pie frente al trono de Dios y del Cordero, con vestiduras blancas y con palmas en la mano en compañía de los ángeles, cantando y gritando la victoria de Dios: Y se nos revela que esa multitud somos nosotros, que, en medio de todos los pueblos y culturas a lo largo de la historia, hemos lavado y blanqueado nuestros vestidos; esto es, nuestra vida y nuestro corazón, en la sangre del Cordero viviendo el espíritu de las bienaventuranzas en medio de la gran tribulación, persecuciones, torturas y martirios que nos han limpiado de todo egoísmo, narcisismo y violencia y nos han convertido en verdaderos Santos, verdaderos hijos de Dios. 

  


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