LA FUENTE DE NUESTRA ALEGRÍA.
Reza en el pórtico del Palacio de Justicia en Bogotá una frase del General Francisco de Paula Santander, que dice:
“COLOMBIANOS: LAS ARMAS OS HAN DADO INDEPENDENCIA,
LAS LEYES OS DARÁN LIBERTAD”.
Parece la promulgación de una evidencia y la esperanza profética de una utopía. Pero la dolorosa historia de nuestro pueblo nos ha mostrado a lo largo de estos dos siglos que ni las armas nos han dado independencia, ni las leyes nos han dado libertad.
Colombia se autodefine como un Estado Democrático y un Estado Social de Derecho, lo que quiere decir que ‘teóricamente’, el pueblo es soberano y tiene derecho a la participación en las decisiones y al reconocimiento pleno y la total satisfacción de sus derechos humanos con equidad y justicia. Pero la situación de corrupción generalizada en las instancias de gobierno, la desigualdad social, la impunidad en la que permanecen los causantes de tantas injusticias nos ha mostrado que el cuerpo legal no ha generado eficazmente ningún tipo de justicia en la nación. La misma legislación colombiana ha servido para sostener una sociedad injusta y para mantener en la impunidad a los que manejan la economía, el poder y las leyes. Si queremos una sociedad nueva, esto necesariamente tiene que cambiar y el camino no es ni el de las armas ni el de las leyes y los decretos.
La justicia del Padre que se nos propone en la parábola supera la concepción humana de la justicia. Está por encima de lo que llamamos justicia distributiva, conmutativa, penal. Es la justicia que no se agota ni en la letra ni en las tradiciones, sino que sabe adaptarse a las situaciones humanas nuevas y distintas que exigen lo que toda ley pretende: la reconciliación, la convivencia pacífica entre los hermanos.
La parábola que hemos escuchado ha de ser fuente de alegría en el corazón de todos nosotros, porque expresa el corazón de Dios. Sí, somos el hijo que se pierde, pero también podemos ser y debemos reconocernos en el hermano mayor que permanece en casa, juicioso y obediente, que acude a la ley olvidando la misericordia. ¿Oiría la invitación del Padre?
Las decisiones del Padre no se basan en la justicia humana: no piden reparación, solo quieren que todos disfruten fraternalmente de su amor. Si aplicara como nosotros hacemos el derecho y la justicia, jamás se reconstruiría la fraternidad. El amor es gratuito y se expresa en misericordia y en compasión.
Todos tenemos en nuestras vidas algo del hijo menor y del hijo mayor. La invitación que nos hace el Señor en esta parábola es que aprendamos a tener la mirada y el corazón misericordioso del Padre. Que aprendamos a acogernos mutuamente, a sabiendas de nuestras fragilidades. El mundo cambia si nuestro corazón cambia.
Toda madre, y Dios lo es, mantiene vivo el amor por su hijo, a pesar de verlo hundido en las drogas, irresponsable y mentiroso, porque sabe que más allá de estas fragilidades hay un niño pidiendo auxilio y protección.
La ley se hizo para el hombre, no el hombre para la ley. La ley es estática; la vida, dinámica. Es menester adaptar las leyes a la vida y no la vida a las leyes.
Nuestro Dios es un Dios ávido de misericordia y compasión que no se pierde en las minucias de la ley, sino que nos invita a hacerla verdaderamente humana para que exista la verdadera justicia que crea fraternidad.
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