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Septiembre 13/26
REFLEXIÓN PREVIA
Al decir que debemos perdonar setenta veces siete, Jesús no está fijando un límite literal de 490 veces, sino hablando de un número que en la práctica es imposible de llevar.
Los cristianos no deben poner límite a la cantidad de veces que perdonan, sino que deben perdonar siempre. Esta actitud solo es posible porque el Espíritu de Dios vive en nosotros, y es Él quien nos da la capacidad de perdonar una y otra vez, así como Dios nos perdona constantemente.
La parábola del siervo que no quiso perdonar a su hermano refuerza el mensaje de que, si hemos sido perdonados de una deuda enorme, ¡cuánto más deberíamos estar dispuestos a perdonar a quienes pecan contra nosotros, y que son tan pecadores como nosotros!
Pablo refleja esta misma enseñanza cuando escribe a los Efesios y nos exhorta a perdonarnos unos a otros "como Dios también los perdonó en Cristo". El perdón no debe darse de manera limitada, sino que debe ser abundante, desbordante y disponible para todos, así como la gracia inmensurable de Dios se derrama sobre nosotros. “Dadnos, Señor, un corazón semejante al vuestro”, Amén
HOMILÍA
Vivimos en la era de la cuantificación: los relojes cuentan los pasos, los celulares registran el tiempo de pantalla, y las redes sociales asignan un valor numérico –en forma de likes– a nuestras interacciones. Pero mientras multiplicamos esas mediciones corremos el riesgo de empobrecer lo que no se deja medir. Este es uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo: al preferir solo lo cuantificable, terminamos ignorando lo significativo. ¿Recuerdan aquella viñeta de Mafalda que encuentra en la calle a unos trabajadores abriendo el pavimento y les pregunta: “¿Buscando las raíces de nuestra identidad?” Uno le contesta: “No, Nena, una fuga de gas”, y ella decepcionada dice: “pucha,como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante”.
El psicólogo Barry Schwartz describe este fenómeno como la tiranía de las cuantificaciones, que sucede cuando las mediciones que son simples medios, se convierten en fines en sí mismas. Por eso, el acto más contracultural en nuestra era cuantificada es ELEGIR DEJAR PARTES DE LA VIDA SIN MEDIR. Esto requiere coraje: confiar en nuestra experiencia por encima de cualquier medición, valorar lo que no se puede demostrar fácilmente y dar campo al misterio en una época que prioriza la certeza. Atreverse a dejar algo sin medir hoy, es un acto de resistencia.
Por ejemplo, y tiene que ver con el Evangelio de hoy: ¿Cómo cuantificar el amor? Lucas Hugo Guerra es un autor argentino que ha liderado toda una revolución poética desde las redes sociales, nos dice: “No hay fórmula para medir el amor. No hay sistemas de unidades o volúmenes que puedan cuantificarlo. Yo solo sé que a veces el amor está dentro de la circunferencia de mi abrazo, o afuera del tuyo. También sé perfectamente que tu cuello es trece besos de largo, con luz o sin ella. O que cuando trato de medir el tiempo siempre hay dos formas de hacerlo, contigo o sin ti. Saber que voy a verte divide las últimas horas en múltiplos de tres. Y cuando finalmente te veo se aceleran los minutos, se roban las horas de los días y me las las devuelven en cualquier unidad en la que se mida la vida”.
Pero Pedro estaba quizás ya untado de esa levadura farisea, de ese afán de reducir todo a cifras exactas que les permitía sentirse perfectos si las cumplían al pie de la letra: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo, hasta siete veces? Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, porque el perdón como el amor en Dios es infinito, y nosotros fuimos creados a imagen suya.
El perdón es el amor en acción, es un acto de amor y como tal beneficia también a quien perdona, porque perdonar es igualmente un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.
Para comprender cómo nos beneficia perdonar a los demás, podemos partir de esta premisa: lo que no doy, me lo niego a mí mismo. Es decir, cuando decidimos justificar el estar resentidos con los demás o con la vida por elección propia, decidimos renunciar a nuestra paz interior. Si caemos en cuenta de esto podemos preguntarnos si algún argumento justifica nuestro propio malestar. Vale también para cuando decimos: “perdono pero no olvido”, ¿no creen? El que no puede perdonar es porque es implacable consigo mismo, no puede perdonarse, alberga sentimientos negativos hacia sí mismo y una culpabilidad que ve reflejada en su entorno. Necesitamos comenzar a asumir que mis experiencias reflejan mi condición interna y, por lo tanto, mis relaciones reflejarán el grado de coherencia o incoherencia con el que vivo yo.
El perdonar es la elección más amorosa que podemos tomar para con los demás y para con nosotros mismos: por eso debemos perdonar hasta setenta veces siete, hasta siempre.
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