
Homilía 2026 03 08: DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER:
Hoy conmemora la humanidad, y también la Iglesia, el día internacional de la mujer. En muchos lugares esta conmemoración se ha tornado en una celebración cursi y pueril, con felicitaciones huecas, cartas, ramos de flores, fotos, abrazos, obsequios, vinos y tortas, donde se les aplaude por ser mujeres. El comercio se incrementa, al igual que con el día de la madre, del padre, del amor y la amistad, el día del niño o del anciano; celebraciones que no transforman nada fundamental en la vida y que dejan los desequilibrios cotidianos tal y como los encontraron.
Nada más lejos de la realidad que dio origen al día internacional de la mujer. Cada 8 de marzo se conmemora la lucha de las mujeres para visualizar la desigualdad de género y para reivindicar la lucha por su derecho a un desarrollo íntegro como seres humanos y a participar en las decisiones de la sociedad, de elegir y ser elegidas en las funciones públicas, en igualdad de oportunidades que los varones.
Esta conmemoración se lleva a cabo en casi todas las regiones del mundo y algunas corrientes feministas argumentan que no es un día que deba celebrarse o ser festivo, sino que debe servir para la reivindicación de los derechos de la mujer y, de hecho, es un movimiento internacional que ha unido a muchas mujeres en el mundo entero, que han superado múltiples barreras culturales, étnicas, geográficas, políticas y económicas y que ha encontrado también la fraterna solidaridad de muchos varones.
Hoy escuchamos en el evangelio un encuentro muy singular entre Jesús y una mujer samaritana. De hecho, los judíos y los samaritanos se odiaban mutuamente y no se hablaban. Estos adoraban a Yahveh en un templo que construyeron en el monte Garizím, donde estaba el pozo de Jacob; pues tenían prohibido ir al Templo de Jerusalén. por tanto, un encuentro a solas como el de Jesús y aquella mujer samaritana sería extremadamente sospechoso; de ahí la extrañeza de la mujer cuando Jesús se acercó a ella y posteriormente de los discípulos al verlos juntos.
El encuentro de Jesús con aquella mujer tuvo un comienzo lleno de ternura y humildad: Jesús se le acercó y le dijo “dame de beber”; ella le mostró su extrañeza: “¿cómo tu siendo judío vienes a mí que soy samaritana?” y la relación fue creciendo de le extrañeza y el desprecio, al reconocimiento como profeta, cuando vio que aquel hombre que llegó a ella con sed y humildad supo llegar hasta el vacío de su corazón, pues ella ya había conocido seis hombres, pero aún no había conocido el amor. “Me conoce, conoce mi historia y mi pecado, mis muchas frustraciones, mi soledad y mis ansias, mis amores”. Este judío humilde, que rompe barreras discriminatorias y se acerca mostrando su sed tiene un agua nueva que calmará la sed para siempre: “El que beba de esta agua, volverá a tener sed, pero el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”. Jesús se refiere al Espíritu Santo que ofrecerá en víspera de su muerte. Él tiene que ser el Mesías esperado. Esta fue la experiencia más profunda de aquella mujer samaritana. Soltó el cántaro, ya no lo necesitaba; en su corazón ya lleva un manantial. Fue a su pueblo como misionera, anunciando la presencia amorosa del mesías. “Me conoce” y consiguió que Jesús y sus discípulos fueran un par de días a compartir en su casa y con su pueblo. Gestionó la creación de una Iglesia doméstica local en un territorio prohibido para los judíos. Aquella mujer abrió las puertas, tumbó los muros y extendió un puente hacia los territorios excluidos: “El es el salvador del mundo”.
Ya en la tradición profética Dios es simbolizado como agua viva: “Mi pueblo ha cometido un doble pecado: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se hicieron sus propias cisternas, pozos rotos que no retienen el agua”.
Jesús venía con sus discípulos de Jerusalén y allí había declarado nulo el culto en el Templo, pues los dirigentes lo habían convertido en una cueva de bandidos; ahora también declara sin valor el templo de Garizím. Jesús inaugura un nuevo culto: «los que quieran dar culto verdadero a Dios no tendrán que venir a este monte ni ir al Templo de Jerusalén; desde ahora adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto». El Templo de Jerusalén y el del Monte Garizím se mostraron como pozos que no retienen el agua y no calman la sed.
Hoy, cuando conmemoramos el día internacional de la mujer con su apertura intercultural y contemplamos el encuentro de Jesús con la samaritana, sólo nos queda como Iglesia, escuchar las palabras de Jesús a aquella mujer: “Si conocieras el don de Dios” y abrir como ella las puertas, soltar el cántaro y compartir sin ningún tipo de discriminaciones aquel manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna.
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