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2026 10 04 “SOMOS ADMINISTRADORES, NO DUEÑOS”
Domingo 4 DE OCTUBRE: Mateo 21,33-43
REFLEXIÓN PREVIA
“Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿cómo tratará a aquellos viñadores?”.
Imagina ser tú, imagino ser yo, el dueño de la viña.
¿Verdad que no tendríamos compasión?
Pero si los trabajadores fuéramos tú y yo, ¿Quién la tendría?
Imagina ser tú, imagino ser yo, el dueño de la viña. ¿Tendríamos compasión?
¿Somos tú y yo los dueños de la viña? ¿Quiénes somos tú y yo?
Nuestra es la vergüenza, Señor, Tuya la compasión.
HOMILIA:
Todos nosotros, de alguna forma, sabemos que somos administradores de una hermosa porción de la viña del Señor: Todos estamos al frente de una familia, o de un centro de formación, de una empresa, de una institución de salud, de una parroquia, de un vehículo de transporte público, de un ancianato, de un grupo musical, de un juzgado, de una institución política, de una comunidad religiosa, de un equipo deportivo, de una guardería o de un negocio de abarrotes. Todos estos espacios son lugares privilegiados para cuidar los unos de los otros, porque todos nosotros somos “viña del Señor”.
El evangelio que escuchamos hoy es una advertencia a todos aquellos que en vez de sentirnos administradores y responsables de ese pequeño espacio, nos convertimos en sus propietarios y actuamos allí en función de nuestro lucro e intereses personales.
La vida cotidiana a veces se presenta como un espacio “ausente” de la presencia de Dios.
Afirmamos que Dios está en todas partes, pero actuamos y tomamos decisiones según nuestros propios criterios, sin tener en cuenta el querer de Dios. Y no siempre por mala voluntad, sino porque no nos hemos educado en la oración y la meditación a percibir esa presencia divina en las situaciones más cotidianas de la vida.
Otra cosa ocurre con aquellos que, sabiendo lo que es bueno para la comunidad, lo desprecian y rechazan, y deliberadamente eligen sus intereses personales, sacrificando el bienestar y los derechos de los demás. A los que actúan así, con conciencia, es a quienes recrimina el Señor. Los sacerdotes y maestros de la Ley, junto a los ancianos, líderes políticos, usaban las tradiciones religiosas del pueblo para mantenerlos sometidos a su autoridad. Lejos de nosotros ese proceder.
En los domingos pasados, el Evangelio nos ha ido invitando a centrarnos en lo fundamental del Reino de Dios: A perdonarnos mutuamente setenta veces siete, es decir, siempre; a corregirnos con caridad, sin humillar, sin ofender; a no sentirnos mejores que los demás; pues las prostitutas y los publicanos nos llevan la delantera, porque ellos se reconocen pecadores, amados y perdonados gratuitamente por Dios y por eso aman más; hoy el evangelio nos previene, si nos queremos adueñar de la viña del Señor, si no queremos aceptar que nuestros talentos, nuestros bienes y nuestras responsabilidades sociales son herramientas que el Señor nos ha dado para hacer de todos los espacios de nuestra vida una verdadera viña del Señor, tenemos el riesgo de perderla.
Acojamos con alegría y sencillez que nuestro equipo de futbol esta llamado a ser Iglesia, espacio de convivencia, alegría, crecimiento espiritual y humanitario, espejo del reino de Dios; viñedo que se cuida para dar buen fruto y buenos vinos. Así mismo nuestra oficina, nuestra familia y nuestro vecindario. Nosotros somos los sirvientes del Reino; nos colocamos el delantal de la honradez, de la misericordia, de la fraternidad, de la alegría. Por donde quiera que pasemos nosotros, que se vea la presencia de Dios. Él no es el gran ausente; se hace presente a través de nosotros.
Y no importa si algunos se burlan de nosotros y nos tratan como ilusos y tontos. Así trataron a Jesús los líderes del pueblo y algunos de sus parientes y amigos, porque andaba en medio de los pecadores, enfermos y leprosos, comiendo y celebrando con ellos.
Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta de San Francisco de Asís, joven de una familia adinerada que vivió en una época de mucha superficialidad e hipocresía; y con un grupo de jóvenes inconformes, renunciaron a sus privilegios, se fueron a vivir como Jesús, pobres en medio de los pobres y con una alegría contagiosa que renovó desde sus cimientos la forma de ser Iglesia. Decía él: “deben gozarse cuando conviven con gente baja y despreciada, con los pobres y débiles, con los enfermos y leprosos y con los mendigos que están a la vera del camino”.
Nosotros somos la viña del Señor; el nos está cuidando con cariño y espera que demos buen fruto, dulce y jugoso, para hacer de nosotros un buen vino. No permitamos que por nuestro orgullo y codicia, terminemos siendo fruto amargo y extendiendo en nuestro entorno tan solo de vinagre.
Aprendamos de Jesús y de Francisco de Asís: Es muy hermoso compartir con los más pobres y excluidos algo de nuestros bienes; pero es mucho más hermoso compartir con ellos un buen tiempo. Visitar sus casas, sus talleres, el sitio donde acopian, y comer con ellos; no solo lo que les llevemos, sino también lo que ellos, con alegría nos compartan.
No olvidemos: Somos administradores de la viña, no sus dueños.
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