
Jesús subía al monte a orar. Es que en el monte estamos más cerca de Dios porque allí nos envuelve la inmensidad. El monte es la frontera con el infinito, o mejor: la puerta, el encuentro. En el monte, Jesús era uno con el Padre. Allí se encontraba con su esencia total. Subir al monte, subir al Carmelo, es el ascenso del alma a encontrarse con su Creador. Nos lo canta nuestro místico hermano Juan de la Cruz. La oración que los Carmelitas hacemos el día de la Fiesta de nuestra Patrona es pidiendo que ella nos conduzca al Monte “que es Cristo”. Allí, en el Monte, por la oración, nos encontramos con sus ojos y sus sentimientos, vemos desde su mirada y hacemos nuestro su sentir: nos hacemos contemplativos.

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